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Alcohol, violencia y corresponsabilidad: el reto pendiente en Chiapas


Por Ernesto Cruz.

El inicio de 2026 dejó un mensaje incómodo pero necesario para Chiapas. El fiscal general del Estado, Jorge Luis Llaven Abarca, reconoció públicamente que el consumo de alcohol es hoy el principal detonante de los homicidios dolosos registrados en la entidad. No se trata de cifras frías ni de discursos triunfalistas: cinco homicidios en los primeros días del año, todos ligados a riñas familiares o personales después de la ingesta de alcohol, obligan a una reflexión profunda.

El fiscal fue claro al contextualizar el problema. Al hacer un comparativo histórico de los últimos 15 años, destacó los avances logrados en materia de seguridad, justicia y pacificación. Chiapas, comparado con otros estados, mantiene indicadores que reflejan un esfuerzo sostenido del gabinete de seguridad. Sin embargo, también fue enfático: no hay satisfacción plena ni misión cumplida. Reconocer avances no significa negar los pendientes.

Lo más relevante de su mensaje no está solo en los números, sino en el origen de los hechos. Padres e hijos, hermanos, padrastros e hijastros: vínculos familiares rotos de manera irreversible por discusiones que escalaron bajo los efectos del alcohol. No hablamos de crimen organizado ni de estructuras delictivas complejas, sino de tragedias cotidianas que nacen en el seno del hogar y que, por su naturaleza, son difíciles de prevenir únicamente con patrullas, operativos o detenciones.

Aquí emerge un punto clave: la corresponsabilidad social. El Estado puede investigar, detener y sancionar —y en estos casos lo ha hecho—, pero la justicia llega tarde cuando una vida ya se perdió. La solución de fondo, como lo reconoció el propio fiscal, no está solo en la acción penal, sino en la prevención social, en la conciencia colectiva y en la responsabilidad individual.

El consumo excesivo de alcohol ha sido normalizado culturalmente como parte de celebraciones, conflictos y convivencia diaria. Sin embargo, cuando se convierte en el catalizador de la violencia, deja de ser un asunto privado para transformarse en un problema de seguridad pública. Ignorar esta relación es cerrar los ojos ante una realidad que destruye familias y comunidades enteras.


Chiapas enfrenta hoy un reto que va más allá de las estadísticas delictivas: cambiar conductas arraigadas, fortalecer la prevención, promover la resolución pacífica de conflictos y asumir, como sociedad, que la violencia no siempre viene de fuera, sino que muchas veces se gesta en casa.

El mensaje es incómodo, sí, pero necesario. La pacificación no se decreta ni se presume; se construye día a día, con instituciones firmes y una ciudadanía consciente. Mientras el alcohol siga siendo el detonante silencioso de tragedias familiares, la seguridad seguirá teniendo un límite que solo la sociedad puede ayudar a romper.



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