La igualdad que se promete… y la tradición que se impone
La reforma al artículo 58 del Código Civil de Chiapas fue presentada como un paso hacia la igualdad sustantiva: por fin, madres y padres podrán decidir de común acuerdo el orden de los apellidos de sus hijos. Un avance necesario para desmontar la jerarquía simbólica que ha privilegiado por siglos al apellido paterno. Sin embargo, en el corazón mismo de la iniciativa late una contradicción que merece ser nombrada.
Porque, aunque el discurso habla de igualdad, el texto legal recuerda —en el momento más decisivo— que la tradición sigue mandando: si no hay acuerdo, el acta se levantará con el apellido paterno primero. Es decir, cuando la negociación falla, la balanza no queda en cero; se inclina automáticamente hacia el lado que históricamente ha tenido el control. ¿No es eso, justamente, lo que se pretendía reformar?
Si realmente se buscaba romper con la imposición histórica, existían alternativas. Otros países han ensayado mecanismos más acordes con una perspectiva de igualdad: la mediación obligatoria, la alternancia entre hijos, o incluso el sorteo como método neutral cuando el diálogo no prospera. Estrategias imperfectas, sí, pero al menos diseñadas para no perpetuar el privilegio de uno de los dos apellidos. Chiapas pudo innovar, pero eligió refugiarse en la comodidad de lo conocido.
La justificación suele ser la practicidad: evitar conflictos prolongados, simplificar trámites, “no complicar” al Registro Civil. Pero ¿desde cuándo la igualdad se supedita a la comodidad administrativa? Si el objetivo es transformar una estructura desigual, entonces también deben transformarse los mecanismos que la sostienen. De lo contrario, la reforma queda a medio camino: proclama equidad, pero preserva la puerta de emergencia del patriarcado.
El avance es innegable: por primera vez, la ley reconoce que el orden de los apellidos es una decisión que ambos progenitores pueden tomar. Pero la pregunta es incómoda y necesaria: ¿qué tan profunda es la igualdad cuando, al primer desacuerdo, se regresa al mismo punto de partida?
En política pública, los detalles importan. Y en este detalle —el desempate automático a favor del apellido paterno— se revela algo más que un tecnicismo: se revela la resistencia a soltar los símbolos de poder que aún organizan nuestra vida cotidiana. La igualdad verdadera no se construye solo con intenciones; se construye revisando, también, esas pequeñas cláusulas que sostienen las grandes desigualdades.

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