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Chiapas: el momento de hacer valer la transparencia

Por Ernesto Cruz.

Hay momentos en la vida pública en los que las palabras dejan de ser suficientes y lo único que cuenta son los resultados. Chiapas parece estar entrando en esa etapa: una donde el combate a la corrupción ya no se plantea como promesa, sino como una práctica constante que busca cambiar de fondo la manera de ejercer el poder.

En un país donde durante años la corrupción fue tolerada, normalizada e incluso justificada como parte del sistema, resulta relevante observar cuando una entidad decide romper con esa inercia. Chiapas parece estar apostando, con hechos y no solo con palabras, a una transformación profunda en la forma de gobernar.

El mensaje es claro: la corrupción no se administra, se combate. Y ese combate, para ser creíble, debe sostenerse en tres pilares fundamentales: seguimiento, transparencia y sanción. Justamente ahí radica uno de los mayores aciertos del enfoque que hoy impulsa la Secretaría Anticorrupción y Buen Gobierno: no basta con detectar irregularidades, es indispensable darles continuidad hasta su resolución.

Durante mucho tiempo, uno de los grandes problemas en la lucha anticorrupción fue el rezago. Denuncias que se acumulaban, expedientes que se perdían en la burocracia y procesos que nunca llegaban a una conclusión. Hoy, el énfasis en la trazabilidad de cada caso —desde su inicio hasta su desenlace— marca una diferencia sustancial. No solo se trata de investigar, sino de asegurar que cada asunto tenga un cierre claro y conforme a la ley.

Otro elemento destacable es la combinación entre control y prevención. La revisión exhaustiva de programas públicos y la integración técnica de expedientes fortalecen la parte correctiva; pero la capacitación continua de los servidores públicos y la adopción de estándares internacionales como la ISO 37001 apuntan a algo aún más importante: evitar que la corrupción ocurra.

Este cambio de enfoque es fundamental. Un sistema que solo castiga llega tarde; uno que previene, transforma.

Además, resulta particularmente valioso el impulso a la participación ciudadana. Herramientas como plataformas digitales y líneas de denuncia no solo facilitan reportar irregularidades, sino que también generan un sentido de corresponsabilidad. La vigilancia del servicio público deja de ser exclusiva del gobierno y se convierte en una tarea compartida con la sociedad.

Este tipo de mecanismos, cuando funcionan correctamente, no solo detectan malas prácticas, sino que también fortalecen la confianza en las instituciones. Y en contextos donde esa confianza ha sido históricamente frágil, cada avance cuenta.

Por supuesto, el verdadero reto no está en el diseño de las estrategias, sino en su permanencia. La lucha contra la corrupción no admite pausas ni simulaciones. Requiere constancia, voluntad política y, sobre todo, resultados visibles.

Lo que hoy se observa en Chiapas es una señal alentadora: un esfuerzo por institucionalizar el seguimiento, profesionalizar los procesos y cerrar espacios a la impunidad. Si esta ruta se mantiene, no solo se estará combatiendo la corrupción, sino también reconstruyendo la relación entre gobierno y ciudadanía.

Porque al final, el combate a la corrupción no es un fin en sí mismo, sino un medio para algo más grande: garantizar que cada recurso público se traduzca en bienestar real para la gente.

Y cuando eso ocurre, la transformación deja de ser promesa para convertirse en realidad.



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